Cuando oímos hablar de ciencias, y en especial de matemáticas, la mente se nos nubla y el bostezo llega a nuestros labios con un profundo deseo de sueño y olvido. Realmente estamos bloqueados por toda una formación deformante que nos ha influido en la infancia y en la juventud haciéndonos pensar las ciencias desde el punto de vista de un discurso aburrido y poco relacionado con nuestro corazón y nuestros afectos. Pero ¡nada más emocionante que la ciencia!
En verdad, cuando apelamos a nuestra nítida conciencia para contemplar la verdadera realidad, la que no se ve con nuestros pobres sentidos, sino que sólo es visible con nuestra luz mental, de índole virtual y metatemporal, metaespacial, no podemos más que contemplar las razones que nos da la ciencia pura, no podremos más que ver la luz de la razón. Y en tal caso el arribo a la ciencia significa alcanzar la única felicidad verdadera.
En tal sentido la didáctica de las ciencias consistirá necesariamente en transmitir el goce intrínseco que comporta el conocimiento científico y en derribar a su paso todos los obstáculos depresivos que se le oponen al conocimiento de lo verdadero.
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