Puede plantearse como primer objetivo del estudio de la epistemología e historia de una ciencia el de convertir a dicha ciencia en un objeto de goce exquisito, en un puente hacia la felicidad integral.
Toda ciencia
del conocimiento debe ser primitivamente una física, una crítica (en cuanto
análisis y desmonte) de algún entorno consistente de la experiencia, de algún
aspecto de la vida cuotidiana, de los pactos y las leyes que convienen o se
imponen las comunidades humanas. Es en este sentido que las ciencias físicas y
matemáticas implican curación, producción de libertad y de felicidad, como nos
enseñaba Epicuro desde su Jardín en Atenas. Así como la filosofía fue
primitivamente una física o una filosofía natural, la física y las matemáticas
implican por sí mismas un nuevo ethos, un modo de vida en que la naturaleza se
canta y se descubre a sí misma. Y este nuevo ethos implica un nuevo tipo de
conocimiento voluptuoso ajeno al poder y a las prácticas marciales y represivas
de la academia. Como decía Lucrecio, un conocimiento que se configura en el
pacto venéreo (Venus) con el universo, se configura como co-ito con todos los
átomos en su caída, antes que en el juicio marcial (Marte, destrucción), o en
los propósitos de guerra, donde se trata de conocer la naturaleza para
someterla, sojuzgarla, esclavizarla para la empresa armamentista y destructiva.
Puede consultarse, al respecto, el libro de Michel Serres (1977) sobre el
Nacimiento de la Física en el texto de Lucrecio, Ed. Pre-Textos, Valencia,
1994, p.143:
“Ahora,
liberados de la violencia, independientes de un espacio y de un tiempo sagrados
sin relación alguna con nosotros (que son solo afuera y paso indiscriminado de
la marea colectiva- opuestos a nuestros pliegues, recogidos con nuestro
histórico interior), con los pies finalmente en una cumbre al abrigo de los
mares, fortificada por la ciencia de los sabios contra las empresas de
Marte, podemos atender al nacimiento de las cosas como objetos, fuera de los
mecanismos que regulan nuestra violencia desordenada. Lo sagrado constituía un
saber de la intersubjetividad y de las relaciones polémicas. Recubría la
naturaleza con las leyes dinámicas del grupo. Al haberlo situado fuera del
mundo, en lugares retirados que para nada nos conciernen, la naturaleza nace
objetivamente. Comporta sus propias leyes. La solución funda la ciencia, esta
ciencia venérea, sin violencia, no culpable, en la que el rayo ha dejado de ser
la cólera de Zeus y el nivel de las aguas permanece estable. En el nuevo
contrato puede hablarse con precisión.”
Las ciencias
naturales surgieron al amparo de la filosofía, manteniendo siempre como
referencia la observación de la naturaleza, la amistad con los objetos, el
nuevo contrato. La amistad con la sabiduría y el conocimiento (phylos-sofos) es
ante todo amistad con los objetos y con los átomos, amor a la materia y a sus
devenires, búsqueda y encuentro de la felicidad que habita en su conocimiento.
Aunque nunca brindarán la certidumbre estas ciencias de la naturaleza (la cual
para nada se necesitaría), siempre del lado del objeto contribuyen grandemente
a liberar el espíritu del hombre de los temores irracionales y el miedo a los
dioses, a la muerte y al destino. El filósofo natural supera el destino y la
dependencia de la certidumbre, lo que podríamos denominar la certomanía del
miedo a la muerte, máquina metafísica de producción de sujeto. El filósofo
natural saca su oxígeno y su liberación de la incertidumbre y el éter o vacío
del viaje infatigable. Sabe que esta es la condición de la inmanencia y
autosuficiencia del universo, es el océano en movimiento perpetuo, gracias al
desequilibrio mantenido, en que surgen a la luz los esquemas de Afrodita, y se
constituye el horizonte de la velocidad infinita. Es lo que podríamos denominar
la orfandad de la materia, o en términos de Stephen Hawking la ausencia de
frontera en el universo, su carácter finito e ilimitado, la gran regularidad de
su consistencia y de sus procesos en el viaje irreversible (Cf. Hawking, S.
Historia del Tiempo. Editorial Crítica, Barcelona, 1989).
Pero las
nuevas ciencias han pretendido abandonar la filosofía, dejarla
insubsistente, sin objeto propio en el reino del pensamiento. Al respecto,
declara Deleuze (en Isla Desierta y otros textos, Ed Pretextos, Valencia, 2005,
p. 32):
"La
filosofía pretende instaurar -o más bien restaurar- otra relación con las
cosas, y por tanto otro conocimiento, conocimiento y relación que justamente la
ciencia nos hurta y del cual nos priva al permitirnos únicamente inferir y
deducir sin entregarnos nunca la cosa misma, sin presentárnosla."
Queda muy
claro en ¿Qué es la filosofía?, de Deleuze & Guattari que la filosofía
cuida de los conceptos, mientras las ciencias cuidan de las funciones y los
estados de cosas y las artes cuidan de los perceptos y los bloques de
sensaciones.
Ello quiere
decir que las tres se acompañarán siempre en cualquier proceso de creación
mental. Este acompañamiento de la filosofía y las artes a la formación y el
devenir de los objetos físicos y matemáticos entre los avatares de la historia
humana es lo que quisiéramos tener por epistemología e historia de una ciencia.
Habitar el
núcleo de esa relación primera con las cosas y con el devenir, que nos depara y
refresca la filosofía, constituye la esencia de la felicidad, el estado de
beatitud primordial y el estado cero del pensamiento.
No puede
sucumbirse a la enumeración informe de muchos temas importantes, sino que deben
resaltarse y reconstruirse los cúmulos epistémicos que en la historia fueron
enlazando tan diversas creaciones en lenguajes y teorías mancomunadas, que
configuran un tesoro colectivo de rasgos cada vez más precisos (números,
figuras, símbolos, ecuaciones, teorías axiomáticas, espacios, campos, construcciones
y problemas de todo tipo). Muchas líneas así construidas podrán incursionar
otras ciencias o artes, o inducir nuevas discusiones filosóficas o estar
trenzadas con nuevas conceptualizaciones.
Se trata
de lograr, con el estudio de la Epistemología e Historia de las Matemáticas,
espacios de conceptualización, que abarquen en anillos epistémicos (circuitos
problémicos) la gama de 5 milenios que se ha tomado la formación y el devenir
de las principales disciplinas de las matemáticas, en la historia del
pensamiento y de observar su interconexión con otras disciplinas que se han venido desglosando en el pensamiento a lo largo de la historia.